martes, 23 de febrero de 2010

Caminos y Leyendas - Atahualpa Yupanqui

Ignoro si algún día volverán las leyendas a correr a través del alma de nuestro pueblo, pero pienso que seria saludable que así ocurriera. La leyenda no es sino la idealización del sueño de los pueblos, el fruto de su fantasía necesariamente exaltada, su forma de fugar hacia una realidad que compensa los dolores de la existencia.

Atahualpa Yupanqui (“El Canto del Viento” ediciones Honegger)



EL ISCALLANTI En la precordillera sanjuanina, hay un cerro hermoso, lleno de majestad: El Iscallanti. En una parte, la mole esta partida en dos, y hace unos años se aprovecho este accidente para facilitar un camino, una carretera. Pero para los viejos pobladores, El Iscallanti es el monumento del amor desdichado. Dicen que unos novios huyeron de la aldea, buscando la ruta de Chile. Huían sin haber cumplido una palabra empeñada a los abuelos. Estos, se llegaron a la Salamanca, adquirieron poderes fabulosos, y maldijeron a los fugitivos. Y en una parte del camino, los dos novios quedaron convertidos en piedra, frente a frente, como un cerro partido. Mirándose, si, pero condenados a no juntarse nunca. Y los arrieros y caminantes bautizaron esas peñas: Iscallanti, “Iscay”, del quichua: Dos. “Llanti”, del harpe: Malditos “Los dos malditos”

LA LOCA JULIANA Era en un valle de Catamarca. Juliana, peona de una finca, por un desengaño amoroso, enloqueció. Se allegaba a los pueblos, a pedir comida, y las buenas gentes le obsequiaban ropas, y algún rebozo. Para agradecer, Juliana cantaba: “Con una piegra del río Torcí mi destino! ¡Ay, mi Negrito Lo hi perdido!” Se refería a su hombre, a su “Negrito”, al causante de su desdicha. La leyenda de la Juliana dice que una noche, juliana sintió que iba a ser madre. Estaba sola, en una cueva del cerro, donde se refugiaba. Había luna. Una enorme y desolada luna ambulaba sobre los cerros dormidos. Entonces la Juliana le hablo a la luna:”! Ayúdame, Mama Kuilla! ¡Quiero morir, pero antes quiero parir un hijo que no muera nunca…!” Y la luna la ayudo. Pero la Juliana no tuvo un chango, ni una huahua. No. De ella nació un canto. Parió una vidala. Por eso, la Vidala del cerro catamarqueño, es un canto que no morirá jamás.
Atahualpa Yupanqui.